En ese momento tu cabeza está plagada de dudas que sólo
pueden ser domadas por esa fe y esa ilusión que te condujeron hasta la línea de
largada.
Arrancada la carrera la panza se te llena de planteos:
¿porque? ¿Para que? Y, ¿si no llego? ¿Y si tengo que parar? ¿Y si me lastimo?
Afortunadamente, entre tu yo cobarde/boicoteador y tu yo
optimista y valiente, en el momento de la carrera siempre gana el optimista.
Cuando faltan apenas 100mts, y ya podes vislumbrar el arco
de llegada…ya no importa más nada. Todos los pensamientos se disipan. Ya no hay
culpa, ya no hay pasado (tendría que haber entrenado más, ¿porqué me dejé estar
tanto tiempo?, ¿cómo no me cuidé con las comidas?, a esta altura ya podría
estaré una de 15K).
Ya no hay ansiedad, ya no hay futuro (y ¿a donde me
encuentro después con quien me acompañó?
¿Seré constante para seguir entrenando? Y podré correr alguna vez la de
21K, y si mejor me compro zapas nuevas?).
Ya no hay voces, ya no hay nada, ya no hay nadie.
Sólo estás vos, en ese momento. Todo tu cuerpo dirigiendo la
energía a una sola acción, tu mente concentrada en tu ritmo
cardiorrespiratorio, tu torrente sanguíneo repleto de adrenalina, el corazón
coloreando la tez, la respiración, el sudor y a veces alguna lágrima calentándote
la piel. Las piernas desaparecieron. Probablemente estás despeinada y con la
ropa desacomodada.
No te importa como te ves,
te importa como te sentís. Te importa lo que ahora sabés.
Estás viva. Cada célula de tu cuerpo lo sabe.
Y ahí es cuando llegas. Ahí cruzaste esa línea. Estás toda
rota. Cuando empezas a sentir de nuevo las piernas te das cuenta de que no hay
una sola fibra que haya quedado al margen de ese esfuerzo, y todos tus músculos
empiezan a latir de nuevo ansiosos por relajarse.
Pero estás ahí, presente en cada molécula de tu cuerpo. Sin ninguna
duda y con una gran certeza.
Cuando cruzaste esa línea, aprendes que no importa el qué.
Sólo importa el cómo.